El nacimiento del periodismo

Distingamos, como punto de arranque, entre periodismo y noticias.
El historiador del periodismo Jaume Guillamet lo deja bastante claro:
Siempre hubo noticias y formas de comunicarlas. La historia del mundo es una historia de noticias, desde el tambor hasta el satélite, pero la palabra periodismo deriva de la existencia de publicaciones periódicas. La periodicidad comporta una actividad regular y continuada de captación, redacción y difusión de noticias, la adopción de unos criterios de trabajo y la aparición de un ejercicio profesional. (Guillamet 2004, p. 44)
Si bien las noticias las podemos encontrar a lo largo de toda la historia de la humanidad, los inicios del periodismo tendremos que localizarlos en un escenario histórico relativamente reciente: la Edad Moderna temprana, o, como indica Chartier (2012), el Barroco europeo.
Aun así, antes de entrar de lleno en la relación del desarrollo histórico de las prácticas y productos periodísticos, parece recomendable que hagamos referencia a sus antecedentes más inmediatos. A esas prácticas de producción y comercialización de noticias que no conforman todavía una actividad profesional regularizada las denominaremos como protoperiodismo, puesto que, por un lado, anticipan la aparición de todo un mercado para la información de actualidad, pero, por otro, carecen de las características de periodicidad y, sobre todo, de institucionalización social de sus prácticas.
Con la expresión protoperiodismo hacemos alusión a todo el conjunto de formatos dedicados al registro de informaciones de actualidad, que se producían a mano y se ofrecían con fines comerciales a públicos segmentados. Se tiene constancia de que dicha actividad se llevó a cabo en diversas regiones europeas ya desde el siglo XIV.
La aparición de la imprenta de tipos móviles y su rápida expansión (para 1489 se calculan 110 ciudades con imprenta en Europa; en 1500 habían pasado a sumar más de 200) por la mayor parte de Europa no implicó la muerte súbita de las noticias manuscritas. Es más, parece ser que durante bastante tiempo (algunos historiadores afirman incluso que hasta el s. XVIII así ocurrió) las noticias manuscritas conservaron su prestigio y se dirigieron a un público segmentado, mientras que las noticias impresas eran de divulgación más amplia y, por eso, las élites económicas y políticas tendían a desconfiar de ellas.
Mapa de las primeras imprentas
Mapa de la distribución de las primeras imprentas de tipos móviles
De esa desconfianza hacia las noticias impresas da cuenta un pasaje de la “masque” de Ben Jonson en el siglo XVII. Por otra parte, en el marco de la progresiva institucionalización de los gobiernos modernos, los fenómenos de absolutismo y la prolongada batalla por la libertad de impresión que caracterizan a la primera parte de la Modernidad, las noticias manuscritas resultaron una vía para sortear la censura impuesta por los príncipes:
El mercado privado de las noticias manuscritas era libre, mientras que el de las noticias impresas, que era público, resultaba censurado. (Guillamet 2004, p. 46)
Con la coexistencia de hojas impresas y hojas manuscritas se da una incipiente segmentación de públicos: las publicaciones impresas son oficiales o, por lo menos, están sujetos al control establecido sobre la imprenta; los textos manuscritos, en cambio, son capaces de burlar los controles y van dirigidos a segmentos más exclusivos.
La imprenta propició la periodicidad de las publicaciones, así como la homologación y masificación de la información. A fines del siglo XV se publicaban cuadernos impresos de 4, 8 o 16 páginas, de diversos géneros: cartas, precios corrientes, relaciones u hojas de noticias, fogli a mano (cuyos contenidos podían tratar de descubrimientos geográficos, conquistas, hechos militares, vida de la corte, etc.), Zeitungen (en la región de la actual Alemania), libelos u hojas de opinión y propaganda (guerras de religión, revolución inglesa), canards o relatos de hechos curiosos y extraordinarios (desastres naturales, terremotos, milagros, accidentes, crímenes, fenómenos extraños), En el siglo XVI se agregaron las ocassionels en Francia (ver glosario).
El correo es otra tecnología que se debe tener en cuenta para comprender la periodificación de la prensa y también su paulatina identificación con los intereses nacionales de los Estados modernos. Desde el siglo XV se organizó en Europa un sistema de correos, bajo control real. Desde 1490 la  familia Thurn und Taxis gestionó un sistema de posta a caballo en Europa central y España. De ese apellido deriva, por cierto, la palabra “taxi”. Desde sus inicios, la periodicidad semanal del correo se relacionó con la periodicidad de los mercados. A la larga, esa sincronización derivó en la  periodicidad semanal de los primeros periódicos.
El correo presenta la ventaja esencial de transportar el soporte mismo que porta el pensamiento del remitente tal como éste lo ha formulado, lo que constituye una garantía de autenticidad absoluta (Vaillé, 1947-1953, cit. en Bennington, 2010: 170).
En la década de los 40 del siglo XVII se editó gran cantidad de periódicos, con nombres como newsbooks, courants, diurnall occurrences, principalmente dedicados a debates de la Cámara de los Comunes. En Alemania, Austria y Países Bajos, durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), proliferaron los periódicos. A lo largo de todo el siglo, se ensayaron diferentes modelos de publicaciones periódicas, pero acabó imponiéndose el formato de las gacetas, inspirado en la Gaceta de París, como periódico oficialista, de edición semanal. Los mercurios fueron otro tipo de publicación que surgió por la misma época y que difería de las gacetas tanto por contenidos (generalmente se dedicaban a contar hechos políticos o militares y, en ocasiones, temas culturales) como por su baja periodicidad.
Primera prensa periódica Google Maps
Mapa que describe la distribución geográfica de los primeros periódicos en Europa.
La gaceta, puede decirse, es el tipo de medio de comunicación característico del siglo XVII. La aparición de las primeras publicaciones diarias, en cambio, es un fenómeno propio del siglo XVIII.
Daily Courant
Daily Courant, considerado el primer diario.
La historia de la prensa periódica es inseparable de la historia de las libertades sociales y políticas. Entre esos nuevos derechos que paulatinamente van encontrando amparo en las instituciones de la Modernidad, la libertad de impresión o de prensa resulta especialmente relevante. Su historia, sin embargo, muestra avances y retrocesos a lo largo de toda la Edad Moderna. Esa accidentada biografía también afecta la trayectoria de la libertad de impresión en las colonias y las nuevas repúblicas americanas.


En lo que concierne a la Europa de la Modernidad temprana, la relación de los poderes públicos con la imprenta fue contradictoria, como apunta Chartier:
La “escriturización” de las sociedades de la primera modernidad produjo efectos contradictorios. Es verdad que los poderes temieron lo escrito y que se esforzaron por censurarlo o controlarlo. La censura previa, que negaba la licencia de imprimir, la destrucción de los escritos considerados como transgresivos, las condenas de los autores, editores y lectores de los textos prohibidos son algunos de los dispositivos encargados de limitar la circulación de lo escrito. Pero es verdad, también, que el gobierno de los territorios y de los pueblos se asentó en la correspondencia pública, el registro escrito, el desarrollo de los archivos, la impresión de las disposiciones legales, la ostentación epigráfica y la propaganda impresa. Las nuevas exigencias de los procedimientos judiciales, la gestión de los cuerpos y de las comunidades y la necesidad de defender la política del soberano contra las críticas multiplicaron los usos y las obligaciones de la publicación por parte del Estado. (Chartier 2012, pp. 31-32)
Las estrategias con que los poderes públicos de la época (hablamos, fundamentalmente, de monarcas e Iglesia) intentaron controlar la impresión y divulgación de textos fueron de dos tipos, según explica M. Vázquez Montalbán (2000). Una primera modalidad corresponden al “control estructural” de la prensa. Se trata de limitaciones sobre la propiedad o explotación de la imprenta, como los privilegios reales o el impuesto del timbre. La segunda forma de control es de tipo legal. En este caso, la estrategia apuesta por la censura de los textos impresos, como la Ley de Libelos, por ejemplo.

Referencias

Chartier, R. (2012). Introducción. Barroco y comunicación. En R. Chartier y C. Espejo (Eds.), La aparición del periodismo en Europa: Comunicación y propaganda en el Barroco (pp. 15-34). Madrid: Marcial Pons.

Guillamet, J. (2004). De las gacetas del siglo XVII a la libertad de imprenta del XIX. En C. Barrera (Ed.), Historia del periodismo universal (págs. 43-76). Barcelona: Ariel.

Vázquez Montalbán, M. (1997), Historia y comunicación social. Barcelona: Mondadori.

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