Reputación online y marca personal

La reputación es, a fin de cuentas, asunto de afectos o emociones. Como afirma Álvarez del Blanco (2008, p. 170), la reputación

representa la reacción afectiva o emocional neta (buena o mala, débil o fuerte) que los miembros del target, círculo primario, grupos de influencia y sociedad en general desarrollan sobre la marca personal.

Siguiendo al mismo autor, podemos decir que los componentes de la reputación personal son:

  1. La red de reputación ideográfica: compuesta por quienes me conocen.
  2. El “zumbido de la comunicación social”: conversaciones, cotilleo, chismes y medios más formales.
  3. Las categorizaciones -por parte de los demás- acerca de lo que digo y hago.

La reputación personal está determinada por el conocimiento, la experiencia, nuestras credenciales, los respaldos y conexiones, los promotores de nuestra reputación, las señales, el feedback, los valores sociales, nuestra historia de comportamiento y relaciones y aspectos culturales en general.

Cuando el problema de la reputación se lleva al terreno de la comunicación digital, con frecuencia se tiende a confundir dicho concepto con su mera expresión numérica. Así, es habitual que la reputación en línea se presente como sinónimo de índice de seguimiento en las redes sociales o incluso retorno sobre la inversión (el conocido índice ROI). Pero, como hace ya bastantes décadas aclaraba el teórico social Gustave Le Bon, “el número puede crear la autoridad, pero no la competencia”. Por eso, conviene tener presente que, también en el terreno de la interacción en línea, la reputación conlleva siempre ese componente emocional, al cual hacía mención Álvarez del Blanco (2008).

No son pocos los riesgos a los que se ve expuesta la reputación de la marca personal:  están aquellos riesgos relacionados con una pérdida paulatina o repentina de reputación,  los que tienen que ver con sucesos imprevistos o accidentales,  algunos riesgos más o menos previsibles (ligados, por ejemplo, a crisis coyunturales, generalmente del entorno económico o social), etc. También la necesidad de reposicionar la marca personal o emprender un proceso de rebranding conlleva sus riesgos, como por ejemplo, que el resultado de este proceso resulte en un subposicionamiento, un sobreposicionamiento o un posicionamiento confuso. Para contrarrestar tales riesgos se hace aconsejable reforzar las redes sociales en las cuales tomamos parte (y no hablo sólo de las redes sociales digitales, sino también de las que se construyen en la interacción cara a cara). Además, convendrá tener preparado y a la mano un plan personal de comunicación de crisis. En otras palabras, asumamos que debemos entrenarnos para el riesgo.

Otro riesgo, propio de la era digital: que roben tu nombre. Ante esta posibilidad, que, lamentablemente, no es infrecuente, conviene utilizar en el espacio público-digital un nombre que sea poco común y que resulte fácilmente asociable a una marca personal. Desde luego, nuestro nombre no lo hemos elegido nosotros mismos, pero sí podemos elegir la combinación de nombres y apellidos y su representación gráfica. En el fondo, lo que sí está en nuestras manos es el establecimiento de una conexión emocional entre el nombre propio y la marca personal.

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